Palabras de Carolina de la Torre en el homenaje a los graduados de los años 1970 y 1971

AULA MAGNA DE LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA. 11 de abril de 2009

Estimado rector, estimados compañeras y compañeros de la presidencia. Primero tengo que agradecer este honor, porque no soy la más representativa para este discurso. Estuve ausente de unas cuantas batallas y movilizaciones, porque mientras me hice psicóloga se me ocurrió que era una buena idea, de paso, engendrar un par de hijos entre 1968 y 1971. Y lo cierto es que no me hubiera graduado con mi grupo si no fuera porque muchas de las compañeras que aquí están presentes, además de mi esposo y familia, me apoyaron siempre. Algunas me lavaron los platos o limpiaron la casa; otras me ayudaron a cuidar a mi hija mientras estudiábamos.

Pero en fin, vengo a hablar aquí de tres grupos de jóvenes que entraron a la Escuela de Psicología de la Universidad de La Habana en la segunda mitad de los años sesenta. El primero, pequeño en cantidad, pero inmenso en talento y dinamismo, entró en 1965 y se graduó en 1970; eran alrededor de 20. Los otros dos grupos entraron en 1966 y 1967, pero terminamos juntos en el 71 por un ajuste del plan de estudios, que graduó a los del 67 en cuatro años. Estamos entonces recordando y rindiendo homenaje a los que estudiaron psicología en entre 1965 y 1971. Y quisiera que los psicólogos y psicólogas de la Universidad Central, aunque no tengo todos los nombres ni las cifras, se sintieran reflejados en el espíritu de la época, ya que han vivido en su región experiencias parecidas y han sido siempre nuestros hermanos de batallas.

No hay frase más socorrida, sobre todo cuando se quiere evitar que las cosas se compliquen, que esa que alude a que determinado momento era o es muy especial o delicado. Bueno, pues si un quinquenio fue especial, aunque no tanto como el anterior en que debutó la Revolución Cubana, fue esa segunda mitad de los sesenta que en su significación llegó hasta el 71.

Nosotros salimos de nuestras casas para ingresar a la Universidad dejando todavía frescos y dobladitos en nuestras gavetas los trajes de brigadista Conrado Benítez –con la talla 10 que aún nos servía y podíamos usar si teníamos que ir al trabajo voluntario o a las milicias. En el equipaje de cualquier becado o becada podían aparecer libros de todo el mundo; Stendhal, Balzac, Stephen Zweig o Chaplin, porque Cuba era la capital de los libros baratos y buenos. También de Carpentier, Fernando Ortiz o Moreno Fraginals, quienes además estaban vivos y eran visibles. Y, por supuesto, como éramos unos jóvenes muy inspirados por la causa de los pobres del mundo, siempre teníamos algunas novelas soviéticas que nos recordaban que “lo más preciado que posee el hombre es la vida”. (Entonces no había discurso de género). Pero, junto a todo esto, porque no había walkman, ni mp3, ni ipod, también guardábamos los radiecitos portátiles y, escondidos entre los libros y las cosas personales, los discos de los Beatles. Y no puedo hablar de esto sin recordar a Labarrere en su batalla por nuestro derecho a usar medias negras (las mujeres) o pantalones de tubito (los hombres) sin ser considerados desviados ideológicos.

El corto tiempo de esa segunda mitad de los sesenta fue suficiente para presenciar aperturas y cierres, y cambios tan dramáticos, que usualmente solo pueden ocurrir en el transcurso de largos años. En 1965 el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURSC) pasa a ser Partido Comunista de Cuba (PCC). Poco antes de 1965 se fortalece el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, convirtiéndose en uno de los núcleos intelectuales más serios y fecundos del país y del continente; se cierra en 1971. En 1967, y como el mejor fruto de ese mismo Departamento, aparece la revista Pensamiento Crítico, pero es también cerrada en el año de mi graduación. En 1965 se crean las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP); en 1968 se cierran con el apoyo, por cierto, de los estudiantes y profesores de nuestra generación, que fueron allí, investigaron e hicieron sus informes para ayudar a que eso acabara de desaparecer. Algunos, por esos azares de la vida, hicieron más: tuvieron que acompañar en su duelo a aquellos que sufrieron en carne propia la estela de dolor que esa lamentable página de nuestra historia nos dejó.

Vivimos también la ofensiva revolucionaria del 68. Esta trajo sus cambios positivos, pero junto a ellos, desparecieron de la faz de la Habana las fritas, las minutas, los ostiones, los traguitos y hasta las bebidas y los cabarets. Algunas cosas volvieron; otras, como las minutas y las fritas quedarán para siempre en nuestro recuerdo junto a los tamales calientes, el yogurt y las croquetas de las cafeterías universitarias. Como si hubiesen sido barridas por aquella misma escoba de la canción que cantaba entonces Rita Pavone.

Se pasó, entre 1965 y 1971 de leerlo todo, publicarlo todo y debatirlo todo, a recoger de circulación las obras recién publicadas de Freud o cualquier libro que rozara con el pétalo de una rosa la imagen de la Unión Soviética, o que tratara de insinuar una mancha o polémica sobre la URSS o el socialismo. Y, por cierto, guardo de la Unión Soviética no solo el más grato recuerdo y el agradecimiento por haber aprendido de ellos y logrado un doctorado en la Universidad de Lomonosov, sino la nostalgia de un proyecto que fracasó por razones que cada día deberíamos estudiar más. Pasamos del anhelo de hacer la zafra más grande de la historia (que por cierto Mayra Manzano, alumna de nuestra promoción fue la cara de las Vallas que decían: “LOS DIEZ MILLONES VAN”) al esfuerzo de convertir ese revés en victoria.

Pero no solo se trataba de Cuba. Entre 1965 y 1971 matan a Malcom X (1965), ocurre la noche de los bastones largos en Argentina (1966), el hombre del siglo es asesinado en Bolivia y convertido en mito (1967) y a aquel que dijo “I have a dream” , a ese que arrastró multitudes y conmocionó la mentalidad de una nación racista, lo matan después en Menphis Tennessee (1968). También fallece Ho Chi Minh (1969) y se bestializa, a fuerza de NAPALM, la guerra de Vietnam, que es tal vez el acontecimiento bélico que más ha conmovido al pueblo norteamericano y al mundo en la segunda mitad del siglo XX. Pero esto no es todo, el hombre va a la luna (1969) y el gobierno de Allende toma el poder mediante elecciones libres y democráticas (1969) para ser luego derrotado por la feroz dictadura de Pinochet.

A pesar de tanta sangre, se habla de la década prodigiosa; y es verdad que fue prodigiosa en arte y sobre todo en música. Nosotros tuvimos el privilegio de estudiar en la década prodigiosa. Son también los años de la liberación sexual, de la píldora anticonceptiva, del “no me caso si no te acuestas antes conmigo”, de las minifaldas, del Festival Internacional de la Canción de Varadero, del auge y la disolución de los Beatles, de Imagine de Lennon y de mayo del 68. También de la publicación de Cien Años de Soledad, de Lucía de Solás, Memorias del Subdesarrollo de Titón, Now de Santiago Alvarez y Aventuras de Juan Quin Quin de García Espinosa. Es el auge cartel cubano, del arte Pop y del Feeling. Pero también, son los años del primer recital, en la Casa de las Américas, con Haydee Santamaría, de lo que poco después sería la Nueva Trova Cubana y parte del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Son los años en que a Silvio le hacen un programa de TV y a los pocos meses se lo quitan.

En nuestra vida cotidiana entraban Coppelia, Vita Nova, recitales de Silvio –casi clandestinos y con grabadoras de cinta para archivarlo “en copias y no en originales”-, los lunes universitarios de la cinemateca, el programa Nocturno, las sandalias plásticas casi iguales para todas, el olvido del consumo, los trabajos voluntarios, los 3 x 1, “The MAMAS and the PAPAS” y muchas, muchas reuniones de la Juventud. También el Tren de Hershey para acercarnos a Varadero y, muy importante, las fiestas en la casa de Pedro Luis y Oksana. Había dos parejas famosas: Oksana y Pedro Luis; Aurora y Roberto. Tan linda Oksana, tan linda Aurora… también los varones.

Pero, sobre todo, son los años de las clases suspendidas para aprender en la práctica lo que los libros no alcanzarían a enseñar. Grupos enteros de alumnos que partían por unos meses a hacer trabajos que en otras circunstancias hubieran sido más propios de graduados de experiencia; aunque no hubo trabajo social que no tuviera la experta asesoría de Aníbal Rodríguez. Los alumnos de estos años trabajamos en las investigaciones sobre emigración, y pasábamos madrugadas entrevistando a los que salían del país para entender las causas de su éxodo. Trabajábamos en los Centros de Evaluación de Menores y en granjas de jóvenes con conducta delictiva, así como en prisiones, incluso en el Príncipe. Participamos ampliamente en el estudio de nuevas comunidades, en estudios piloto en lo que después serían las escuelas al campo, y como ya dije, en la UMAP. Muchos fuimos profesores se Secundaria Básica (como lo son ahora de nuevo los universitarios) y también alumnos ayudantes que dábamos clases a los del año que venía detrás. En fin, los alumnos de la Escuela de Psicología de la Universidad de La Habana no estuvimos nunca al margen de la convulsionada época que nos tocó vivir.

Y no es posible dejar de rescatar algunos recuerdos de los profesores. Me parece estar en el aula 2 y ver al profesor Santiago Luis doblado sobre la mesa para explicarnos un corte de la médula espinal. Yo me sabía, por si acaso él me preguntaba, hasta la última neurona del trigémino. O –como me recordaba Aurora ayer- disfrutábamos lo gracioso que era cuando, con todo respeto decía: “niña, no cruces las piernas que así no se puede dar clases”. Con Santiago sí se podían dar las clases: ¡ninguna lograba quitarle los ojos de encima!

Algo parecido nos pasaba con Germán Sánchez, nuestro actual embajador de Cuba en Venezuela. El nos hablaba de cine, de arcase, de Michele Foucault. Podía hablarnos de lo que le diera la gana, porque siempre tenía sobresaliente; en ideas y en apariencia.

¿Qué cosa buena hicimos para que Dios nos premiara, para que estimulara nuestra vocación de psicólogas desde primer año de nuestra carrera con semejantes maestros? Porque no solo era la belleza masculina, sino el conocimiento y las ideas. Habría que preguntar a los varones qué decían de Mónica Sorín, Beatriz Díaz, Otmara González, Irene Smith, Vivián de Rojas y de las restantes profesoras.

Y qué me dicen de Noemí Perez Valdéz, recientemente fallecida. Si iba a enseñar la manía se ponía una flor y entraba haciéndose la loquita al aula, o al otro día abatida de la depresión. Ella actuaba sus clases y todos aprendíamos psicopatología.

De Gonzalez Puig ya se sabe, era un artista completo. Nuestro grupo, el que entró en el 66 fue el primero que se enfrentó a las pruebas y las entrevistas de ingreso. En esas primeras entrevistas, algunos de los profesores como Guevara, Aníbal y otros, nos llenaban de peguntas acerca de nuestras vocaciones y saberes. Pero no se puede decir que fueran pesados o rígidos; González Puig, amante de la belleza, pintor y artista al fin y al cabo, decía cosas como: “¡pobrecita, ella no sabe nada de nada, pero es tan linda!”.

Diego González Martín era único. Lo cotidiano era que parqueara en Mazón y buscara su carro en San Miguel. Noble, sabio y amigo de los estudiantes. Como el otro Diego hijo que tenemos aquí con nosotros.

Vega Vega merece capítulo aparte, “Y usted cree que con eso se aprueba un examen?” “¿Eso no le parece desvergonzado?”. Aprendimos muchísimo con él y, nos reímos, nos reímos mucho con sus ocurrencias.
Niurka Pérez no era de risa, ella se paraba con las fórmulas de la lógica matemática y hacía trizas de los postulados dialécticos de los manuales de filosofía.

Y nuestra querida María Elena Solé, que sustituyó a Juan Guevara en la dirección de la Escuela en el setenta, y años más tarde fue decana. No tenía la menor inhibición ni la arrogancia de establecer distancias innecesarias con los alumnos. Jamás amo el poder. Lo mismo se disfrazaba de payasa que cantaba zarzuelas a la sombra de una sombrilla junto a Dieguito González.

También estaban Liliana Morenza, con ese cerebro prodigioso, Marta Vázquez, que se hace la mala, pero era capaz de salvar la carrera de un alumno, como salvó la mía cuando falté tres meses por el nacimiento de mi primera hija. Ana Luisa que no envejecía, o mejor dicho, que jamás va a envejecer.

Me faltan muchos que el tiempo no me deja mencionar. Los mismos del año 65 a veces fueron profesores de nosotros los del 66 y 67; todos los profesores fueron muy queridos.
Entonces los alumnos no éramos exactamente como ahora; muchos, veníamos con menos de 20 años del preuniversitario, pero otros, sobre todo los del 65, venían de centros de trabajo con las más diversas experiencias y utilizando diferentes formas o planes de acceso a la Universidad, abierta al fin para todo el pueblo. Nury Cao venía del Departamento de Psicología Aplicada que el Ché había creado siendo Ministro de Industrias; las Martas, como les decíamos a veces (Reyes y Torres) venían de las Makarenko, también María Magdalena Pérez. Otros eran militares, administrativos, docentes o llegaban a psicología trasladados de otras carreras (como los de física que parece que allí se volvían medio locos y venían a parar aquí).
Los alumnos de esos años, que son los homenajeados, serían dignos de mencionar uno por uno. De esas promociones salieron graduados para el Comité Central como Silvia López Calleja, para las FAR como Noris Olivera, Berta González y Zoe Bello; para el MINED como Pilar Rico, Amelita Amador, Pedro Luis Castro y Silvia Castillo entre otros. El programa Nuestros Hijos, que conducía Pedro Luis, llegó a ser tan popular entonces como lo es ahora Vale la Pena. A Pedro no solo lo reconocían en la calle (también a Aurora García, Silvia Castillo y otros que tuvieron gran participación), sino que lo observaban en la puerta del Circulo Infantil a ver cómo actuaba el psicólogo de la televisión ante la perreta normal de su hijo. También tuvimos a Rodney López, embajador de Cuba en varios países.

De nuestras dos promociones salieron decanos y dirigentes de la Universidad y la Educación Superior como Albertina y Dionisio, vicedecanos como Cairo y Graciela, y también jefes de Departamento (creo que casi todos los que nos quedamos como profesores de la Escuela tuvimos ese cargo en algún momento). Ahora Dionisio ha sido promovido a vicerrector primero de la Universidad después de muchos años de trabajo como decano. Muchos desempeñaron responsabilidades importantes en diferentes organismos como Guillermo Arias en el MINED o Ismael González (Manelo), que ha sido hasta Viceministro. Angelita Casaña dirigió el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), y Nury, siendo todavía alumna, dirigió el Dpto. de Psicología en el Pedagógico. Pardillo y Jose Ignacio han sido psicólogos importantísimos en Camaguey, como Carmita y Vasallo en Pinar del Río.

Pero sobre todo esas promociones aportaron la mayor entrada de nuevos profesores a la entonces Escuela de Psicología de la Universidad de La Habana. De los graduados del 70 se quedaron como profesores (eran casi todos alumnos ayudantes) Roberto Corral, Oksana Krafchenko, Ada Gloria Rodríguez, Teresa Sanz, Angela Casaña, Nury Cao, Armando Alonso, Marta Martínez, Miguel Rojo y Ma. Emilia Rodríguez.
Del grupo de graduados del 71 entraron como profesores Aurora García, Guillermo Arias, Gloria Fariñas, Graciela Martínez (que fue una de las primeras becadas a la URSS), Dionisio Zaldívar, Eduardo Cairo (que en esa época se parecía a Clark Gable y andaba en moto), Albertina Mitjans, Alberto Labarrere, Gustavo Pineda, Mara Fuentes, Cristina Olsen, María Febles (la primera doctora que tuvimos), Mayra Manzano y yo misma.

Otros, muchos, han hecho carreras brillantes en la Salud Pública, como Aida Margarita Remírez D´estenoff, Gema Quintero, Miriam Serret, Miriam Trápaga y Nidia Padrón. También en la UJC (Magdalena y Elenita Socarrás), en la FMC Celia Berges, en el deporte Josefa Alzugaray, y en múltiples organismos importantes y diversos ministerios (Manuel Galán, Estrella Fernández, María Rodríguez Peirayo, Elena Vila, Vivian Vidal, Nery Suárez y muchos otros más que ahora olvido porque la memoria me traiciona).
En cuanto a los colegas de Villa Clara, graduados en 1970 y 1971, no podemos dejar de mencionar a Rafael Armas Moya, quien fue, durante algún tiempo, el único psicólogo que hacía psicología industrial en una gran empresa fuera de la capital y ha tenido una labor muy meritoria en la Sociedad Cubana de Psicología en Cienfuegos. Pilar Urquijo y Roberto Cura, destacados profesores de la Universidad Central, han ejercido una gran influencia en la psicología cubana. También se destaca Ana María Peña, investigadora del Ministerio de Cultura dedicada al estudio de la identidad de Matanzas. En la misma Universidad Central, se graduó Zenaida Ponce que es actualmente Vicerrectora del Instituto Superior Pedagógico de Matanzas y también Francisco Morales (Paquitín) quien ha sido una figura muy destacada en la dirección de la Psicología de la Salud, así como en su trabajo profesional y académico.

De la participación reciente de toda esta generación en la vida nacional y del prestigio que, en general, ha adquirido la Psicología en el país no me puedo extender, pero es algo que vemos día a día crecer, sobre todo después de la campaña por Elián, del protagonismo enorme de los psicólogos del MINSAP, y también del programa Vale la Pena que Manolo conduce hace más de 15 años. Pero volvamos a mi generación.

Después de 1968 y sobre todo en el 69, se puso de moda “La era está pariendo un corazón”. Y lo cierto es que todo ese largo quinquenio fue un parto. La Escuela de Psicología y la Universidad de La Habana nos parió a nosotros tanto como nosotros la construimos a ella. También nos parió la era. Partos complejos para dos generaciones de psicólogos que entraron en la vida profesional oficial (porque siempre trabajamos) al calor de la agotadora zafra del 70 y de un quinquenio que muy pronto se volvería gris para la historia.
Pero no creo que sea justo decir que somos las generaciones de la zafra fracasada o del quinquenio gris. No fuimos fracasados, ni grises. Esta Escuela fue, durante el quinquenio tristemente famoso, uno de los pocos lugares donde no se apagó la investigación y el debate de nuestra realidad. Nos puede haber ayudado el hecho de pertenecer a la Facultad de Ciencias junto a los físicos y los biólogos; pero también nuestro deseo de hacer cosas y de contribuir al desarrollo del país.

Claro que no estamos libres de pecado, ni de dogmatismos o errores, pero hoy no es día para recordarlos en detalle. Lo importante, creo, es que nos podemos sentir orgullosos de muchas cosas. En estas aulas crecimos, nos enamoramos, aprendimos, jugamos, trabajamos, reímos y luchamos. Rescatamos los libros prohibidos de Freud y de Allport y los repartimos a nuestros alumnos; protestamos, en su momento, contra el intento de dogmatizar la docencia universitaria; levantamos la voz y advertimos de los problemas que podrían aparecer cuando los pre universitarios en el campo se hicieron obligatorios, escribimos de los peligros de no priorizar a la familia; luchamos por el derecho a la diferencia y por la igualdad de la mujer. Y así, batallando juntos o cercanos, llevamos más de 40 años.

Pero estas palabras, inspiradas en los méritos de mi generación (aunque de posibles errores en mis palabras yo soy la única responsable), no solamente deberían servir para evocar el pasado que nos ha traído hasta aquí. Algo deberíamos decir sobre lo que nos queda por delante. Algo deberíamos dejar a los más jóvenes, sobre todo hoy que este pueblo entero – hijo de una Revolución que enseñó al mundo que un país pobre puede llevar a cabo un proyecto de igualdad y justicia social- una vez más, se esmera e ilusiona en superar errores y en salir adelante.

La psicología, por su naturaleza, es tal vez una de esas profesiones que más pueden ayudar a entender y a resolver los problemas sociales. No es la única, ni la mejor, pero es importante. Si algo nos ha enseñado la experiencia de más de 40 años es que no podemos esperar a que nos pidan opinión.

Tampoco podemos callar lo que pensamos o investigamos. Por eso nos sentimos orgullosos cuando escuchamos a Patricia, a Manolo, a María Esther y a los otros psicólogos cuando dan sus criterios por la televisión o en otros foros. Siempre tenemos que decir, polemizar, batallar y sobre todo HACER. Nunca tener miedo de decir. Como no lo tienen muchos jóvenes que en el arte, por ejemplo, a veces dicen tanto o más que nosotros en nuestras investigaciones. Para que las nuevas generaciones que nosotras mismas engendramos no sigan abandonando el país para siempre; para que contribuyamos al entendimiento del verdadero origen de nuestros males; para que nadie piense que porque sí, muchos cubanos y cubanas de hoy pierden el rumbo moral; para que no se confunda la falta de motivación por el trabajo insuficientemente remunerado, con la pérdida del valor del trabajo ( y no es un juego de palabras); para que no se tema más a la aparente riqueza de unos cuantos, que a la pobreza de todos; para que detrás de lo legal no circulen o neguemos los vicios; para que todos podamos ser cada día más auténticos y sinceros; para que recordemos que no hay identidad y pertenencia sin motivación por lo que se hace, sin verdadera participación.
Carolina de la Torre Molina
11 de abril de 2008

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