A la memoria de Nury Cao

(Santa Clara, 9 de Junio 1936 –Ciudad de La Habana 12 de mayo de 2010)
Me enteré estando fuera de Cuba. Quise creer que era un error de información. Después recibí el
sentido escrito que Roca colectivizó con apego a las circunstancias y al cariño sincero. Dos de sus amigas
de siempre, Carola y Mayra, que estuvieron con ella hasta los últimos momentos, ya me habían
comentado de su precario estado de salud. María Elena Solé, otra incondicional, también vaticinó el
desenlace luego de asistirla en todo lo que pudo.

Uno suele decir a los niños: “es como una vela que se va apagando”. Pero ya no somos niños. La vida se acaba cuando llega la muerte. Nury Teresa Cao Campo, graduada de la entonces Escuela de
Psicología de la Universidad de La Habana, profesora de profesores, había fallecido. En unos días más cumpliría 74 años.

La conocí en 1970, cuando llegué a San Rafael y Mazón con ganas de hacerme psicólogo. Aunque no fue mi profesora hasta el tercer año de la carrera, reconocí en ella algo que de solo verla se sabía que era psicóloga,
y por demás clínica. Miraba como “escaneando”. Su cara siempre daba la impresión de que construía hipótesis, analizaba, interpretaba, o hacía alguna adivinación inequívoca. Hablaba siempre en voz baja, con un tono “surround”. Dominaba la murmuración implacable (como todo buen cubano, especialmente si es del mundo psi). Siempre de buen humor.

Hasta se molestaba de buen humor. El paso a la sonrisa dulce y afable, desde cualquier estado emocional, le era natural. Dicharachera de repertorio personalizado y reconocido por todos. Siempre con un cigarro
en la mano. Con un dominio enciclopédico de las taxonomías psiquiátricas.

Capaz también de la mordacidad, no de la malsana, sino de la crítica radical e incisiva. Me impresionó, primero hasta el anhelo y luego hasta la envidia, su “olfato clínico”: un don, con aire de ciencia dura, cultivado durante años de trabajo. Sus clases de “staff” o de psicopatología eran anecdotarios ilimitados, cuasi inverosímiles a la vista de los estudiantes, de “sus casos”, como llamaba a quienes llegaban por su ayuda profesional y humana. Uno se entregaba a una red de historias, conflictos, trastornos, síntomas, y
cualquier cantidad de sucesos de la vida, que ella convertía de madeja sin cuenda, en trama sensorial visible al oído de quien la escuchaba. Era una comunicadora de alto calibre.

“Quien te quiera bien te tratará con hierro” fue su sentencia luego de marcarme un “tres” en mi primera práctica de psicopatología. En realidad, aquel joven que había puesto a mi consideración diagnóstica en
el Hospital Psiquiátrico de La Habana se me parecía tanto (¿lo habrá hecho intencionalmente?), que no logré comprender por qué estaba allí ingresado, y mucho menos advertir sus síntomas patológicos. “Para la
próxima te consigo una pijama y te quedas en la Sala Paredes”‐ me dijo sonriendo con una bondad que lejos de atemorizar me daba seguridad.

Desde ese día me propuse dejar de balancear afirmativamente mi cabeza, en acto de demostración identificatoria, cada vez que ella, la pitonisa de lunáticos, describía con placer furtivo un huésped de las páginas profusas de la clasificación internacional de enfermedades mentales.

Su lugar en la narrativa del desarrollo de la historia de la Psicología en nuestro país será irrevocable. Nury comenzó sus estudios en la segunda mitad de los sesenta, pero venía del Departamento de Psicología Aplicada
creado por el Che en su época de Ministro de Industria. Seguramente allí descubrió el encanto de nuestra disciplina, y gracias a uno de los tantos programas especiales propios de la época pasó de trabajadora a
estudiante. Probablemente su experiencia laboral, y sin duda alguna su excelente desempeño estudiantil favorecieron que, aún sin graduarse, a fines de los sesenta, fuera enviada a cumplir las funciones de directora del Departamento de Psicología del Instituto Pedagógico Enrique José Varona; una de tantas tareas de choque que con esmero, responsabilidad y cariño realizaban los “formadores formándose”.

Su apego a la acción clínica, al conectarse persona a persona con los pacientes, no lo compartió mucho con el papel y el lápiz (con la máquina, sea Remington primero, y PC después). Nos dejó algunos recuerdos
escritos en los que quedan marcados sus dos vínculos docentes más contundentes de los últimos años. Por solo mencionar alguno, recuerdo “Las formas abreviadas de las técnicas psicodiagnósticas bvnk y bvnd‐sb.
Su validez y confiabilidad” escrito junto a Abascall y Ruminot, y publicado en la Revista cubana de Psicología; y su “Psicopatología general” (no la de ella, que era auténtica, hermosa y florida, sino la que ella enseñaba, que casualmente tenía esas mismas características). Pero eso sí, dejó escrito un tratado sobre “La buena persona”. Porque, no lo dude nadie, Nury era mayúsculamente una Buena Persona. Y en cada uno de quienes la conocimos y compartimos con ella, quedan las marcas escritas de su amistad, de su ser auténticamente grande en su humilde simplicidad, de su mano siempre extendida a quienes necesitaban ayuda.
No pude (ni podré) representarme a Nury sin ver junto a ella a su compañero de siempre, Raúl. La primera vez que los vi pensé que él era Walter Matthau. Pero en el lugar de la Bergman estaba Nury, no tan
apuesta como la actriz de “Flor de Cactus”, pero dueña de si, dominando la situación, y lentes oscuros desde los que veía sin que se viera a quien miraba, como cuidando no apareciera una Goldie Hawn. Siempre juntos, en las mejores y en las peores. Grandes fueron ante las mezquindades de quienes por fanatismo obtuso, o por resabios fundamentalistas, injuriaron y maldijeron. Siempre juntos. En su apartamento minúsculo, cercano a la Plaza, o en su “mansión” de la calle “Estrada Palma”, en la barriada de Santos Suarez.

Siempre juntos. Construyendo y disfrutando su vida casera. Como seguramente están ahora mismo, aunque de otra manera. En los últimos años, no la volví a ver. Creo que ella misma no quería que la vieran. Pienso que yo, en su lugar, tomaría decisiones similares.

Solo llegaban a su casa las más cercanas amistades. En algún sentido nos distanciamos. Las personas se distancian, pero el cariño cuando es auténtico, no. Me duele su deceso y el no haberme podido acercar a ella
antes de la partida definitiva y decirle: ¿A dónde vas “huevito de pato”?

Por mucho que quieras no podrás irte lejos. Te quedas aquí. Entre nosotros. Para siempre!
Prof. Manuel Calviño
Mayo 18 de 2010.